sábado, 8 de diciembre de 2012
Una noche oscura viene, una noche oscura se va
Noche sombría y en el corazón de la oscuridad me hallaba sumergido entre las sábanas de mi cama, solo en la casa y sin compañía alguna que causara alivio a mi encogido corazón.
Un sonido comenzó a martillear mis oídos. Primero en la lejanía y, tras un tiempo avanzando por el pasillo, un repiqueteo metálico que buen augurio no traía consigo.
Encogido de cuerpo y alma, me dispuse a mirar entre mis sabanas en dirección a la puerta, cerrada a cal y canto por mis queridos padres, que habían decidido salir al aire libre dejándome solo y con el corazón extenuado por la soledad, triste y buena compañera, ya que mis amigos, lejos de mi urbanización se encontraban.
El repiqueteo metálico se paro justo delante de la puerta, resonando y provocando en mi un aullido ahogado de dolor y sufrimiento, pues miedo al desconocimiento es el limite del ser humano entre cordura y locura separados por una triste cortina de tela.
Tras varios minutos sin saber, decidí levantarme y no quedarme con la angustia de saber y no querer, de poder y no tener, sin llegar a saber que es lo que me deparaba el futuro a través de esa puerta y deseando tener un artilugio que pudiera ver a través de las paredes. Aunque sabía que el destino solo era de mi responsabilidad.
Giré lentamente el pomo de la puerta y descubrí con facilidad que este se abría, empujado quizás del otro lado por una mano extraña que intentaba acceder, girando mas rápido para descubrir cuanto antes mi fatal verdad y acabar con mi triste sufrimiento, acompañado de soledad, que tanto me amargaba en aquella noche.
Más sorprendido que asustado, pude ver en la penumbra un rostro sombrío y distante, sin expresión ni emoción que abrió la boca para emitir un gemido que nubló mi vista dejando sordos mis oídos y haciéndome caer de rodillas al suelo. No pude defenderme, pues mis manos tapaban todos los agujeros de mi cara, o al menos lo intentaba.
Pude ver en la sombra como un ser delgado y de piel grisácea atravesaba el umbral de la puerta con unos ojos teñidos con la misma oscuridad que aquella noche. Cuando levantó la mano en gesto de querer cogerme con ansia, me retiré de rodillas y me coloqué de espaldas a la cama, arrastrándome a medida que el ser demoníaco avanzaba.
Grite y maldije a los cuatro vientos que esa criatura desapareciera, pero cuanto más gritaba mas sólida su figura se mostraba y sin mas se abalanzo hacia mi, sin ni siquiera gesticular o decir algo que pudiera entender antes de mi trágica muerte.
Cerré los ojos deseando que mi muerte fuera rápida, cuando escuché un cristal romperse y una brisa de viento correr mi cara, no sabía que ocurría, pues la pequeña luz que me acompañaba en mis ratos de lectura se había caído y roto en medio del caos. Sólo escuchaba como una respiración primero sonaba fuerte y ronca hasta que, poco a poco, dejaba de escucharse tornándose un ligero gemido. Finalmente, sólo silencio.
Solo vi aquella sombra una vez más, alargada, erguida, fuerte, dura y con una pose tan segura de sí misma mientras sujetaba aquella bestia agarrada con una sola mano. Sólo giró un momento, pero suficiente para que pudiera ver aquellos ojos siniestros que relucían en la oscuridad y el destello de sus dientes mostrándome dos largos colmillos. Asustándome aún más si quedaba, pensé que la pesadilla había terminado, pero tan sólo era una excusa para que comenzara.
Y sólo un pestañeo de ojos, una décima de segundo en la vida, hizo desaparecer aquella sombra de dónde vino. Entonces me volví, sumergido en la oscuridad de la noche, al escuchar las llaves de la puerta chocar contra la cerradura y mis padres entrar en casa. Corrí hacía ellos ya que, aunque me habían salvado la vida, me sentí sumergido en la oscuridad perdida de la mano de Dios y con la que a nadie le gustaría encontrarse. Esa noche se forjó en mí la ilusión de volver a ver aquello que, parecido a un humano, quizás del mismo Satan se tratara.
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